lunes, 4 de abril de 2011

Neorrealismo

Ladri di Biciclette, de Fellini. Cine neorrealista italiano

En el último tercio del s. XIX se inicia en algunos sectores del pensamiento europeo un retorno a Kant, y posteriormente en Inglaterra e Italia surge un neohegelianismo, que llega a predominar en el panorama filosófico de ambos países durante varios decenios. El fenómeno, sin embargo, no alcanza las dimensiones del movimiento idealista del primer tercio de aquel siglo; y después el pensamiento occidental del s. XX se mueve mayoritariamente dentro de coordenadas realistas; aunque en algunos casos se trate de un realismo más de nombre que de fondo y en realidad sean supervivencia de alguna forma de racionalismo o de idealismo.
El nuevo rumbo de los pensadores a fines del s. XIX y comienzos del XX lo constituye el movimiento neorrealista anglosajón, tanto en su vertiente británica como en la norteamericana. Características comunes de esta escuela son: la aceptación de un realismo inmediato, pero con la reducción del conocimiento a experiencia sensible (empirismo), y por tanto, la sobrevaloración de las ciencias de la naturaleza, la tendencia hacia un materialismo, o su aceptación más o menos expresa, el anti-sistematismo y la preferencia por el método analítico.
El neorrealismo inglés arranca de George Edward Moore (1873-1958), que en 1903 publicó un célebre artículo: “The Refutation of Idealism”. Nuestra conciencia no constituye la verdad, sino que la recibe del exterior. El sentido común es radicalmente realista, y la filosofía debe explicar y justificar esa actitud humana, espontánea y universal.
Una figura relevante del movimiento neorrealista es Samuel Alexander (1859-1938). Más que realista, su concepción es panteísta y evolucionista del universo. Formado en ambiente idealista, acabó derivando hacia una concepción para la que las cosas son en-sí-mismas, trascendentes a la conciencia, aunque coexistentes y copresentes a ella; en esa relación de copresencia consiste el conocimiento, que es primero contemplación del objeto y luego fruición del mismo por el sujeto.
También Bertrand Russell, en determinada fase de su pensamiento, forma parte de la escuela neorrealista. La filosofía debe ser esencialmente «científica», entendiendo como tal la exclusión de su campo de todo aquello que rebase los límites de las ciencias de la naturaleza. Ciertamente, dice Russell, no se puede confundir, como hace Berkeley, el acto psíquico de conocer con su contenido; éste es objetivo, esto es, trascendente a la conciencia. Pero «originariamente no llegamos a la creencia en un mundo exterior independiente, por medio de argumentos. Hallamos esta creencia formada en nosotros en cuanto empezamos a reflexionar; es lo que se podría denominar una creencia instintiva».
El grupo neorrealista norteamericano se dio a conocer en 1910 con la publicación de un «programa y primera plataforma» en defensa de su peculiar realismo, que fue desarrollado posteriormente en un volumen elaborado en colaboración y publicado con el título de “The New-Realism” (Nueva York 1912). Formaban el grupo: W. T. Marwin, E. G. Spaulding, E. B. Holt, R. B. Perry, W. P. Montague y W. P. Pitkin, que se pusieron de acuerdo en algunas afirmaciones básicas: algunas entidades particulares siguen existiendo aunque no seamos conscientes de ello; algunas entidades particulares son directamente aprehendidas en la experiencia; no hay diferencia entre las entidades particulares cuando están siendo percibidas y cuando no lo están.

Montague (1873-1953) es uno de los pensadores más destacados del grupo. Niega la oposición entre sujeto y objeto del conocimiento, al que concibe en un riguroso monismo epistemológico, no como representación, sino como presentación. El propio Montague define luego su filosofía como un dualismo correlacionista, puesto que el mundo físico y el mundo psíquico no se diversifican, según él, en función de propiedades o cualidades distintas, sino en función de su mutua relación.  Perry (1876-1957) es la otra figura sobresaliente del neorrealismo norteamericano. Tampoco para él hay oposición entre sujeto y objeto, sino sólo entidades neutrales. El psiquismo no sería más que el organismo considerado desde una perspectiva peculiar. La diferencia entre conciencia y cosa no sería esencial, sino relativa (la tendencia materialista es clara, como se ve, y el idealismo sigue subyacente en el fondo).
 Contra el grupo neorrealista norteamericano reaccionó pronto otro equipo de filósofos de aquel país, que preparó un nuevo volumen colectivo: “Essays on Critical Realism” (Nueva York 1920). Esta vez el grupo estaba formado por siete pensadores: C. A. Strong, A. K. Rogers, A. O. Lovejoy, J. B. Pratt, D. Drake, R. W. Sellars y Jorge Santayana y se conocieron como realistas críticos. Estos atacan a los neorrealistas porque consideran ingenua su postura, y dicen estar sólo de acuerdo en un realismo epistemológico, al margen de las diferencias de concepción entre ellos en el plano ontológico. Conocer un objeto es atribuirle una esencia determinada. Pero ese conocimiento no es inmediato, sino a través de nuestras percepciones e ideas. Por ello, el conocimiento es verdadero solamente cuando la esencia corresponde a la existencia de la cosa a que se refiere.
Santayana es el más importante de los pensadores del grupo. La realidad de las esencias o ideas se difumina, para él, hasta casi la inconsistencia. Al estudiar La vida de la razón se plantea el problema del conocimiento y de su validez objetiva. ¿Responden nuestros estados mentales, necesariamente subjetivos, a cosas exteriores? ¿Podemos estar seguros de la existencia de un mundo exterior y aun de nuestro propio yo? Santayana rechaza la teoría de que las ideas e imágenes son copias de cosas exteriores (Descartes, Locke) y la de la identidad de sujeto y objeto del conocimiento (neorrealistas norteamericanos). Es preciso distinguir entre esencia y existencia, esto es, entre lo que es inespacial e intemporal, puro ente racional, inmutable e idéntico a sí mismo y lo que es espacio-temporal, devenir continuo, compendio de todas las energías y causas, tanto físicas como psíquicas. Esto último es lo que Santayana llama a veces «naturaleza» y otras «reino de la materia». Las esencias son objeto de intuición, dato inmediato de la experiencia; la existencia de las cosas materiales nos viene afirmada por la fe animal: es nuestra propia vida orgánica, instintiva, la que nos garantiza esa existencia. El realismo, al que Santayana gusta llamar materialismo, no es incompatible con un cierto matiz platonizante, puesto que toda nuestra descripción de la realidad material es más simbólica que literal.

Lovejoy es también figura destacada del realismo crítico norteamericano, que él ha bautizado como realismo temporalístico. Propiedad característica de la experiencia humana es la temporalidad, que el idealismo  ha tendido siempre a anular absorbiéndola en la eternidad de la conciencia absoluta. Pero el conocimiento es siempre intencional, y apunta tanto hacia las realidades físicas exteriores como a la realidad mental o psíquica (temporal).
También el filósofo y psicólogo alemán Oswald Külpe (1862-1915) se había definido como neorrealista o realista crítico. La filosofía que quiera constituirse como ciencia, afirma, no puede centrarse ni sobre la experiencia inmediata ni sobre el pensamiento puro, sino que debe volcarse sobre aquellos campos que investigan las ciencias físicas y psicológicas y proponerse como problema básico el de la realidad. Su obra principal, “Die Realisierung” (La realización), es un estudio de este problema. Pensar no es tener en la conciencia el objeto pensado, sino algo más, pues el propio objeto pensado clama por su propia autonomía respecto de la conciencia; la existencia, las propiedades y las mutaciones del objeto pensado se presentan al propio pensamiento como independientes de él. La conciencia no crea ni determina la realidad, por lo que las categorías con que pensamos la realidad se nos manifiestan como estructuras objetivas y no como esquemas impuestos por la conciencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario